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EL OBSERVATORIO DEL TEJO. JULIÁN SÁNCHEZ

Forzado por los acontecimientos propiciados por revés histórico sufrido por los socialistas en particular y por la izquierda francesa en general en los últimos comicios locales, cuyas consecuencias les va a suponer la pérdida de las alcaldías de más de 150 ciudades de todo el país, al nuevo primer ministro francés Manuel Valls, le ha sido encomendado, por parte del presidente de la república François Hollande, el acometimiento de las máximas responsabilidades del nuevo gobierno, accediendo al cargo mediante el relevo del anterior primer ministro Jean-Marc Ayrault, con la intención de acometer el diseño y aplicación de una nueva política encaminada a propiciar la salida de la economía francesa bajo la premisa de continuar con el trabajo iniciado dirigido, según su propio comentario a propiciar  «la recuperación de nuestro país, de nuestra economía y de nuestra industria».

Resulta evidente que las posibilidades de ejercer con una total autonomía las políticas socio-económicas de los estados miembros devienen encorsetadas mediante el diseño de las políticas comunes de la UE, donde actualmente la prevalencia neoliberal aparenta haberle ganado la partida a la socialdemócrata en consecuencia, aparentemente la mayoría de  países miembros, independientemente del color de sus dirigentes con capacidad de ejercer responsabilidades gubernamentales, tienden a realizar políticas de matiz similar a las inspiradas por las líneas gubernativas de la UE, basadas en la disminución de las competencias del estado y la imposición de la línea neoliberal, lo cual desemboca inapelablemente en manifiestos recortes de la calidad de vida que infunde el otrora eficaz y deseable estado de bienestar.

Dejando aparte la consabida acepción marxista de la economía, por su significativamente constatado fracaso, en Europa se han venido inspirando, desde la superación de las consecuencias acaecidas por los efectos de la última conflagración mundial, dos modelos alternativos de política económica los cuales luchan por imponer sus criterios a la hora de efectuar sus propuestas encaminadas a la resolución de la crisis y la mejora del nivel de vida en todo el contexto de su aplicación, la liberal y la socialdemócrata.

Los partidarios de la postura liberal, o neoliberal, tal y como ahora se denomina, propugnan que la solución a los problemas económicos pasa por una menor intervención pública en la creación de empleo. En consecuencia, su propuesta deviene en una progresiva disminución de la intervención directa del Estado, complementada mediante una política de privatizaciones, así como una mayor flexibilidad del mercado laboral. Para ellos todas las reformas que se efectúen en este sentido son positivasen orden a la regeneración y activación de la economía.

En este mismo sentido, admitiendo el paradigma neoliberal, en lo referente a la política salarial,  se suele abogar, por ejemplo, en la radical eliminación del salario mínimo interprofesional, bajo el argumento de que, al no exigirse un salario mínimo hay más personas que podrían trabajar, habida cuenta que las empresas podrían pagar menos dinero por no existir esa barrera impositiva que encorsetaría la voluntad del empresario.

En lo referente al estado de los servicios sociales, la sufragación de los mismos deviene íntimamente ligada a la necesidad de recaudación de impuestos. En este punto son partidarios de que el individuo pague la menor cantidad de impuestos posible bajo el argumento de que, de esta manera, obtendrán más recursos para dedicar al consumo individual y colectivo, es decir, mayor libertad y posibilidad de elección a la hora de adquirir en el mercado los servicios que precisen. En consecuencia, abandonan toda idea de reversión impositiva hacia quienes tienen menos posibilidades de asumir un poder adquisitivo suficiente que les otorgue la contingencia de sufragar por si mismos las atenciones que un sistema público bien estructurado vendría a proporcionarles.

En su concepción de estado, los liberales son partidarios de la disminución progresiva del mismo mediante una reforma administrativa que propicie la efectiva reducción del tamaño del sector público y su sustitución mediante la gestión privada de los servicios (sanidad, educación, pensiones, etc.), siempre bajo la filosofía de que los gastos sociales redistributivos impiden el desarrollo económico, así como que los recortes sustanciales en gasto social son necesarios si se quiere mantener el crecimiento económico, siempre bajo el subjetivo razonamiento de que los individuos están incentivados a incurrir en fraude fiscal bajo la premisa de no empobrecerse a consecuencia de unos tipos impositivos marginales elevados.  Dicho de otra forma, ellos asumen que si los impuestos son muy altos, los individuos se ven motivados a defraudar a la Hacienda Pública e incluso empresarios obligados a marcharse a otros países para ejercer allí una actividad más acorde a sus expectativas.

Frente a esta concepción de estado, existe la filosofía socialdemócrata, inspirada en el progreso socioeconómico europeo de los años ochenta y cuyo origen se experimentó en los estados de Suecia y Austria. Su condición, fundamentada en la filosofía económica keynesiana garantizó cifras de casi pleno empleo durante la crisis de 1973 y toda la década de los ochenta. Esto fue gracias a la aplicación de unas políticas de participación pública en un sistema dirigido a una mayor creación de empleo.

Las bases del sistema socialdemócrata en los estados   nórdicos de Europa comenzaron a ser establecidas mediante el establecimiento de políticas de expansión del empleo público con acuerdos tripartitos (gobierno, patronal, sindicatos) que sacaron a luz políticas efectivas de inversión propiciadoras de empleo, complementadas mediante la reconversión de sectores no competitivos o con competitividad baja.

En estos países de corte socialdemócrata es frecuente la aplicación y el fomento de políticas activas de empleo acompañadas de otras estrategias extensivas de formación para la recualificación de los trabajadores.  Mediante ello, el desempleo en el sector industrial en declive de baja productividad no alcanza nunca niveles de gran relevancia. Es más, se constata la evidencia de que los países, con excepción de Japón, que han aplicado en menor grado las políticas neoliberales (Alemania, Francia, Italia o Canadá, etc.) sus economías han gozado de mayor inversión y ahorro. Esto se traduce en el descenso del desempleo y aumento de recursos para que en un futuro puedan generase nuevos flujos económicos, así como también a la obtención de una mayor capacidad de ahorro para el aumento del poder adquisitivo.

En estos estados de acepción socialdemócrata, si el empleo y los servicios sociales universales no bastan, el Estado se compromete a mantener el nivel de vida de los sectores más vulnerables mediante la aplicación de políticas de promoción de vivienda pública, ayudas a vivienda para trabajadores de rentas bajas y a hogares con peligro de exclusión social, adecuando las capacidades de seguros de desempleo, pensiones, salario mínimo, etc.

Por el contrario en los países que se aplicaron los recortes propiciados por las políticas neoliberales, normalmente coincidentes con situaciones de desempleo alto propiciadas por la situación de crisis en consecuencia, conlleva irremisiblemente  al general aumento de la población que vive bajo el umbral de la pobreza. La derivación de los consabidos recortes no deviene únicamente en el aumento de la pobreza a nivel general, sino el incremento de la desigualdad social a niveles de máximos históricos. El estado es el único estamento con capacidad para propiciar una intervención correctora que acierte a cauterizar este nivel de desigualdades que el individualismo es incapaz de atenuar.

No es cierto que las soluciones extremas aplicadas tradicionalmente tanto en países como Estados Unidos y Gran Bretaña, o actualmente en los nuevos modelos neomarxistas instituidos en países como Argentina, Venezuela o Cuba, puedan presentarse como eficaces para la resolución efectiva de nuestros problemas. Demostrado queda, y nadie es capaz de sistematizar algo en contrario, que el modelo socialdemócrata continua en plena vigencia en las perspectivas actuales, como el único capaz de ofrecer una salida digna a una situación similar a la que estamos atravesando y cuyo final todavía dista mucho de producirse.

Nuestros dirigentes lo tienen a la vista y no lo quieren ver, más bien continúan empecinándose en aplicaciones sistemáticas ya superadas por la evidencia y las circunstancias en épocas y situaciones ya vividas. Lo peor de todo esto es el tiempo que estamos perdiendo en comprobar si son galgos o van a ser podencos, cuando lo único importante es que cacen bien y rápido.

Julián Sánchez

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