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Cuaderno de campo. La naturaleza en la meseta de Requena-Utiel

Javier Armero Iranzo   //   18 de febrero de 2020

Encina centenaria en la sierra de Juan Navarro

Cuaderno de Campo va terminando su recorrido por la extensa geografía de la Meseta de Requena-Utiel y que dio comienzo hace ya cuatro años y medio. Ha llegado el momento de tratar dos importantes sierras localizadas en su extremo superior: la de Juan Navarro, a la que se dedica el presente ensayo, y la del Negrete, que se señalará en el siguiente.

Ambas sierras suponen unos magníficos referentes desde el punto de vista biológico, especialmente florístico, al constituirse como verdaderos puentes entre las distintas comunidades vegetales que habitan el ámbito mediterráneo. En concreto a la flora del piso mesomediterráneo, la habitual en la mayor parte de la comarca, se le suma aquella más típica de cotas altitudinales superiores, lo que los botánicos conocen como supramediterráneo. Hay que tener en cuenta que este tipo de paisaje vegetal, en el que aparecen determinados taxones propios de zonas altas, se da más o menos entre los 1.100 y los 1.400 metros sobre el nivel del mar y que los presentes macizos montañosos presentan cumbres que, efectivamente, rebasan el nivel inferior de este intervalo, especialmente el del Negrete.

Estas montañas forman parte de una unidad orográfica superior, que se compone de distintas alineaciones de orientación Noroeste-Sureste, englobada en la rama más meridional del sistema Ibérico. Así junto a la Juan Navarro y al Negrete cabe nombrar al Tejo y al macizo conformado por los picos del Burgal y Santa María, aún en el ámbito administrativo de Requena-Utiel, y las sierras de Chiva y de los Bosques, ya en la Hoya de Buñol y la Serranía.

Tanto en el Negrete como en la Juan Navarro afloran materiales jurásicos en las crestas y cretácicos en las laderas, en cualquier caso de litología caliza. Un paseo por sus cumbres permitirá tener una visión de conjunto de la importancia natural que tienen sus dominios y lo que son capaces de aportar al conjunto de la biodiversidad comarcal.

La sierra de Juan Navarro se extiende desde la misma rambla de Estenas al oeste hasta el barranco de la Casa Nueva al este. Al norte viene delimitada por la aldea utielana de Estenas, el vallecillo de Las Nogueras y la propia carretera que une esta pedanía requenense con la finca de La Calvestra.

Vallejo agrícola de Los Sidros

Llama la atención su denominación tan peculiar y no se sabe en realidad el porqué de la misma. En la documentación disponible para el municipio de Requena fechada en 1752 referente a las Respuestas Generales y Particulares del Catastro de Ensenada, la toponimia de la zona viene determinada como Sierra de Juan García, desconociéndose quién sería ese señor y por qué años después cambia a Juan Navarro. Muy probablemente sería en base a ganaderos de aquellos montes o incluso de sus primeros colonos agrícolas. Un misterio por resolver, pero volvamos a la sierra; volvamos a la actualidad.

En realidad en este ámbito geográfico aparecen dos alineaciones paralelas evidentes. Por un lado la propiamente dicha sierra Juan Navarro, donde destacan el pico del Águila con 1.087 metros de altura y un cordal con varias cumbres que se sitúan ya por encima de los 1.100 y donde sobresale el pico Navarro con 1.164. Y por otro, la sierra de Benacas, algo más al norte y también con alguna cima por encima de esos 1.100 metros (1.159 en su punto más alto).

Entre estas formaciones montañosas aparecen dos estrechos valles, limitados por el collado de las Casillas, con direcciones hidrológicas distintas pero pertenecientes a la cuenca que drena el aún lejano río Magro. Uno de ellos, conformado por el barranco de los Sidros y que se dirige al noroeste buscando la rambla de Estenas. Y el otro, denominado barranco de las Casillas, que se abre camino hacia el sureste circundando el caserío de Benacas hasta confluir con el de la Casa Nueva, también tributario del Magro, pero con su punto de unión ya a más de ocho kilómetros de distancia con respecto a la desembocadura de la rambla anterior.

La vegetación de la sierra está muy condicionada no sólo por las distintas cotas altitudinales de la misma sino también por las diferentes orientaciones con respecto al sol. Así en sus laderas de umbría, y especialmente en sus zonas más altas aparecen rodales de carrascales que se encuentran entre los mejores de aquellos que aún prosperan en nuestra comarca.

Los carrascales conforman la vegetación potencial mayoritaria de la Meseta de Requena-Utiel y encuentran aquí una magnífica representación. Este tipo de bosque tuvo su origen en aquellas laurisilvas de requerimientos más húmedos que poblaron los países circunmediterráneos hasta finales de la era Terciaria. El progresivo cambio del clima hacia condiciones mucho más secas, especialmente en época estival, de alguna manera empujó a aquellos vegetales a cambiar sus estrategias de supervivencia.  La evolución se dirigió hacia tipos de hojas menos lustrosas y de menor tamaño con el objetivo de  disminuir la cantidad de agua evapotranspirada y combatir mejor la sequedad ambiental. Dicho proceso llevó a configurar una flora compleja, variada y exclusiva del monte mediterráneo actual y cuya máxima representación son los carrascales como estos que aparecen en la Juan Navarro.

Encina en la umbría de la Juan Navarro

No obstante, la estructura y composición florística de estos valiosos bosques esclerófilos requenenses han sido muy modificadas en nuestra comarca al paso de siglos y siglos de interacción humana. Hoy aquí hay más pinares de sustitución de aquel primitivo carrascal que otra cosa. Incluso, a veces ni eso; son muchas las hectáreas cubiertas por matorral desarbolado producto de la degradación del monte maduro de tiempos pretéritos. Triste historia de ocupación del territorio por parte del ser humano que sólo los botánicos y los naturalistas tratan de releer en la observación del paisaje actual.

Recorrer la sierra Juan Navarro ofrece aventurar algo de la historia evolutiva de estas formaciones mediterráneas tan características de la península Ibérica. Llama la atención, por ejemplo, el entorno inmediato del collado de Lucas donde aparecen no sólo buenas manchas de carrascas Quercus ilex  sino también de su orla de vegetación típica acompañante. Un jardín botánico constituido, entre otras muchas especies, por durillo Viburnum tinus, rusco Ruscus aculeatus, gayuba Arcostaphylos uva-ursi, quejigo Quercus faginea, genista borde Cytisus heterochrous, jazmín amarillo Jasminum fruticans, aladierno Rhamnus alaternus, espino albar Crataegus monogyna,  orégano Origanum vulgare, camedrio Teucrium chamaedrys, espantalobo  Colutea arborescens o globularia Globularia vulgaris ssp. valentina.

El estrato lianoide está bien desarrollado y en él aparecen plantas como la rubia Rubia peregrina, la zarzaparrilla Smilax aspera, la madreselva Lonicera implexa o la hiedra Hedera hélix. Y en todo este mundo vegetal también hay lugar por taxones muy bellos y ciertamente escasos como el adonis Adonis vernalis, la violeta blanca Viola alba ssp. debhardtii, o incluso orquídeas espectaculares como Epipactis atrorubens, por ejemplo.

Sin embargo de toda esta suerte de especies con las que cuenta las laderas encaradas al norte de la sierra hay una planta que llama la atención, entre otras cosas, por crecer en unos suelos que no son los habituales para ella. Se trata de la jara de hoja de laurel Cistus laurifolius, que aparece con profusión en un paraje que precisamente recibe el nombre de la Umbría del Jaral.

Lo normal en nuestra comarca es que esta bonita especie, de grandes flores blancas y hojas que recuerdan a las del laurel, vivan en terrenos silíceos elevados, sustituyendo así en cierto modo a las jaras pringosas Cistus ladanifer a partir de una cierta altura. En concreto la jara hoja de laurel se distribuye muy bien por los rodenos de Sinarcas, especialmente en el entorno del Picarcho donde llega a ser una planta ciertamente común. Sin embargo, aquí en la Umbría del Jaral aparece a partir de unos 1.000 metros de altura en suelos húmedos y calizos que se han descarbonatado lo suficiente para permitir su presencia.

Madroño

La jara de hoja de laurel, un interesante reclamo para conocer un hermoso rincón de la geografía comarcal; y de paso, conocer su rica flora de la que aún hay mucho que hablar. De hecho es muy recomendable consultar la tesina de licenciatura que presentó en 1989 el botánico Emilio García Navarro sobre la flora vascular de la sierra de Juan Navarro y que pone de manifiesto la relevancia botánica de este lugar.

Así en ella menciona también otros taxones vegetales de gran importancia a nivel comarcal como los que aparecen ya en los pedregales de la línea de cumbres o en sus cantiles de umbría: helechos como el culantrillo bastardo Asplenium trichomanes, la doradilla común Ceterach officinarum o el polipodio Polypodium cambicum, pero también plantas superiores como el enebro común Juniperus communis, la cornicabra Pistacia terebintus, la Campanula hispanica, la Hieracium elisaenum, la jabonera Saponaria ocymoide, el té de roca Jasonia glutinosa, el Teucrium thymifolium, el poleo de sierra Acinos alpinus ssp. meridionalis, el cojín de monja Erinacea anthyllis,  o la rara saxifraga Saxifraga latepetiolata, un interesante endemismo iberolevantino que habita las grietas de los cintos elevados buscando su orientación norte. Pero, sin lugar a dudas, entre todas ellas destacan dos por el valor biogeográfico que aportan a la comunidad florística: la sabina albar Juniperus thurifera y el tejo Taxus bacatta.

La sabina albar parece distribuirse, y de manera muy escasa, únicamente en la Umbría del Jaral y en el barranco de los Sidros. Se trata de una pequeña población residual de épocas pasadas en que probablemente este árbol fuera más abundante. Seguramente esta especie se extendería por una superficie mayor durante el último periodo glaciar pero al acabar éste su distribución fue disminuyendo a la vez que encinares y quejigares iban incrementando su presencia.

Hoy por hoy las mayores densidades de este duro y rústico árbol quedan reducidas a las áreas más continentales del piso supramediterráneo del sistema Ibérico, especialmente en las provincias de Soria y de Teruel. En la Juan Navarro, en cambio, apenas quedan ya individuos en determinados enclaves de clima más duro y que desde luego suponen unos valiosísimos reductos de flora de carácter ciertamente relíctico.

Ramas de tejo

Y algo parecido ha llegado a pasar con el tejo. Según la tesina de licenciatura de Emilio García Navarro “solamente se han encontrado algunos ejemplares relícticos refugiados en las anchas grietas de algunos roquedos de la zona, bajo condiciones de notable humedad y frescor”. Parece ser que esa referencia procede de la misma cumbre del pico Navarro a unos 1.160 metros de altitud (según el dato suyo del 7 de junio de 1986 que aparece publicado en su tesis doctoral sobre “La flora de la Plana de Utiel”; aunque se desconoce de cuántos ejemplares habla y de si se tiene alguna citación más, anterior o posterior a ésta). Desde luego estaría muy bien poder conocer en la actualidad cuál es la situación del tejo en esta sierra y de cuántos ejemplares podría contar, máxime teniendo en cuenta el tiempo que ha pasado desde estas antiguas referencias.

La vegetación de umbría y de los roquedos también influye en la diversidad faunística que aparece en la sierra. Se podría decir que el número de especies de animales es realmente elevado, especialmente en los ambientes mejores conservados de su vertiente norte. Daría para un extenso trabajo monotemático, cosa que escapa de las intenciones puramente divulgativas de estos escuetos ensayos. Sólo para el grupo de insectos asociados a las formaciones de quercíneas daría mucho de sí. Por ejemplo, en lo que hace referencia a las mariposas de la Juan Navarro, uno de los grupos de animales que más llaman la atención a los aficionados a la naturaleza por su belleza y plasticidad ecológica; todo un mundo para descubrir y estudiar.

La verdad es que hay muchos grupos taxonómicos de animales que tratar. Yo, por ejemplo, hice un muestreo ornitológico de la sierra para el Atlas de las Aves de la Provincia de Valencia y desde luego que los resultados obtenidos no hacen más que avalar la calidad natural de estos montes. Por ejemplo, teniendo en cuenta únicamente una cuadrícula de 5 kilómetros de lado que cogía el corazón de la sierra pude detectar prácticamente un centenar de especies diferentes. Las aves del bosque suponían un elevado porcentaje de las mismas. De ellas aparecían algunas que se presentaban en densidades muy altas en relación a otros montes de la Meseta de Requena-Utiel como por ejemplo el mosquitero papialbo Phylloscopus bonelli, el herrerillo común Cyanistes caeruleus, el petirrojo Erihacus rubecula o el chochín Troglodytes troglodytes; mientras que otras, más bien escasas en el ámbito comarcal aquí contaban con varias parejas reproductoras como el roquero rojo Monticola saxatilis, la curruca mirlona Sylvia hortensis, el gavilán Accipiter nisus, el azor Accipiter gentilis, la culebrera europea Circaetus gallicus o el águila calzada Hieraaetus pennatus, por ejemplo.

Escribano montesino

En la solana, también aparecían aves y muchas de ellas con densidades relativamente importantes en comparación con otras localidades. Así, se citan aquí escribanos montesinos Emberiza cia, tarabillas comunes Saxicola rubicola, collabas rubias Oenanthe hispanica, currucas rabilargas Sylvia undata, y pardillos Linaria cannabina entre otros pájaros asociados a formaciones de matorral de montaña. Pero quizás, de entre todos ellos destaca un interesante pájaro cuya población europea se ciñe únicamente a este tipo de laderas pedregosas y escasamente vegetadas propias de sierras mediterráneas ibéricas: la cogujada montesina Galerida theklae. Este aláudido probablemente despliega en la Juan Navarro sus mayores efectivos poblacionales de nuestra comarca.

La vegetación de la solana, aunque también es muy interesante, ofrece un menor grado de conservación con respecto a la de umbría. Los rodales de carrascal son mucho más pequeños y desarrollados en altura que los de la vertiente norte. Ello seguramente sea debido al menor poder de recuperación de la cubierta vegetal tras el paso de los numerosos incendios acaecidos en la sierra por estar precisamente en esa orientación meridional. Una gran parte de las laderas encaradas hacia el mediodía se hallan convertidas en garrigas de romero Rosmarinus officinalis, aliaga Ulex parviflorus y coscoja Quercus coccifera, principalmente. Y en aquellos enclaves que cuentan con un estrato arbóreo aceptable, éste fundamentalmente es, sin embargo, de pinar de pino carrasco Pinus halepensis.

No obstante cabe destacar algunos parajes con alguna carrasca centenaria como el Coto Manglano, la Veredilla, la Dehesa o los Prados. Precisamente estos tres últimos nombres evocan a los antiguos carrascales y dehesas de pastoreo que se extendían por el glacis sedimentario del pie de monte que va desde la sierra hasta prácticamente la Vega del Magro, entre Utiel y Requena. Cabe recordar que una de las últimas dehesas que quedaban por roturar durante el episodio de colonización agrícola que se inició a finales del siglo XVII en la comarca fue el carrascal de San Antonio, el cual fue vendido por el ayuntamiento de Requena en 1812 y posteriormente transformado en tierras de labor.

Nuevos tiempos y nuevos conflictos. Estas vertientes meridionales de la sierra tradicionalmente han sido ricas en manantiales y fuentes que ahora, con un paisaje eminentemente agrícola, están pasando unos momentos críticos por la explotación abusiva del acuífero. La apertura indiscriminada de pozos para una viticultura intensiva de regadío y la extracción de enormes cantidades de agua por parte de una embotelladora están contribuyendo de forma decisiva a que se seque, no sólo el conjunto de las fuentes de la zona, sino el propio río Magro que apenas recibe caudales en este sector.

Finca cinegética de Benacas

Destrucción del bosque primitivo y sobreexplotación del acuífero; no son los únicos problemas medioambientales a que se enfrenta la sierra. El vallado de enormes fincas destinada a la caza mayor en las últimas décadas es otra seria afección que cabe destacar por toda la ristra de repercusiones negativas que ya se han venido comentando en otros tantos Cuadernos de Campo.

Y por último, uno de dimensiones considerables: el peligro que aún colea sobre la posible instalación de aerogeneradores en la sierra por formar parte de la Zona Eólica número 9 del Plan Eólico Valenciano. Las últimas noticias que se tienen al respecto dan un respiro. Hace aproximadamente una década que se desestimó la propuesta de construir aquí varias alineaciones por su elevado impacto ambiental. Pero, no hay que bajar la guardia por si se retomaran otra vez esas iniciativas que sin lugar a dudas, de llevarse a cabo, acabarían destrozando irreversiblemente un espacio natural de lo más interesante de nuestra comarca.

La sierras de Juan Navarro y Benacas. Sus magníficas vistas, sus plantas, sus aves y en definitiva su rica biodiversidad a apenas unos kilómetros de Requena y de Utiel. Y sin embargo aún son unas grandes desconocidas para la mayoría de sus vecinos.

Aldea de Las Nogueras (Requena)

Pasear por sus umbrías y recorrer la valiosa rambla de Estenas desde el bonito paraje de Los Mancebones. Pajarear por el mosaico agroforestal de la aldea de Las Nogueras y disfrutar del ir y venir de sus aves a los campos. Descubrir la Umbría del Jaral y valorar la existencia de sus viejas sabinas albares. Y, por supuesto, organizar una expedición de búsqueda de esos maravillosos árboles que luchan por salir del pozo de la extinción del interior de Valencia: los últimos tejos de la Juan Navarro. O quizás el último. ¿Quién sabe?

Motivos más que de sobra para dirigirnos a una bonita sierra. ¿Cuándo vamos?

JAVIER ARMERO IRANZO

Gracias a Víctor París y a Nacho Latorre por sus valiosas y oportunas sugerencias que han mejorado notablemente la calidad de este texto.

 

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