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Cuaderno de Campo. La Naturaleza en la Meseta de Requena-Utiel

Javier Armero Iranzo   //   21 de enero de 2020

Último de los artículos dedicados al ámbito geográfico comarcal que forma parte de la Reserva de la Biosfera del Valle del Cabriel. En este caso se aborda el conjunto de ramblas y pequeños barrancos que drenan la meseta agraria requenense y que acaban confluyendo en la rambla Albosa, protagonista del anterior Cuaderno de Campo.

La verdad es que la llanura dispuesta entre la sierra de la Ceja al norte (que se extiende paralela al sur del río Magro entre las pedanías de San Juan y El Azagador), la Serratilla al este, las lomas del Churro y la Casilla Hernández al sur, y el conjunto de muelas (la de Arriba y la de Abajo) situadas al oeste, constituye uno de los paisajes rurales más característicos de Requena. Extensos viñedos que se extienden hasta el horizonte trabajado por gentes que se concentran en un rosario de aldeas: El Pontón, Campo Arcís, Los Duques, Las Casas de Eufemia, Las Casas de Cuadra y Los Ruices. Más allá, en la parte venturreña otras pedanías continúan salpicando el paisaje vitivinícola: Los Marcos y Las Monjas.

Sin embargo esta conocida estampa comarcal no siempre fue así, ni mucho menos. De hecho cabe lamentar, desde el punto de vista de la biodiversidad, que ahora apenas ofrece una pequeña fracción de la riqueza natural que en épocas pasadas tuvo. Tres grandes etapas en la ocupación del territorio deben ser destacadas en el último milenio y que han tenido notables implicaciones en la configuración de su paisaje y biota asociada.

Una vez terminada la Reconquista, gran parte del Alfoz de Requena, que es como se denominaba al territorio que hoy conforma gran parte de la Meseta de Requena-Utiel (a excepción de los términos de Chera y de Sinarcas, y con la integración de otros como el de Mira), estaba prácticamente despoblado. Miles y miles de hectáreas de monte se extendían no sólo por las sierras de su perímetro sino también por las llanuras centrales. La economía de sus habitantes, concentrados principalmente en Requena y Utiel, estaba basada en la ganadería ovina que pastaba en enormes dehesas comunales que pertenecían al concejo.

Restos de la antigua dehesa del Carrascalejo (Requena)

Y así, sin apenas cambios en la configuración paisajística pasaron los siglos con una población comarcal que iba creciendo muy lentamente y que apenas interfería en los procesos naturales de su medio natural. Del monte se extraía todo aquello que pudiera ser útil, pero que en cualquier caso no suponía una afección seria a su biodiversidad por lo extenso de su demarcación y por la escasa población de aquellos tiempos. Pastos y sombra para los ganados; maderas y leñas; animales de caza, bellotas y otros recursos alimenticios; etc. Todo ello con la mesura que imponía una demografía rural muy limitada. Los campos de cultivo se circunscribían principalmente a la Vega del Magro y poco más; apenas debían aparecer algunos huertos salpicando el extenso monte comarcal.

Eran siglos en que los lobos campearían a sus anchas por sierras y llanos tras la rica fauna ungulada sobre la que predarían: ciervos, corzos, jabalíes y cabras montesas. Quién sabe si incluso habría aquí encebros, pequeños équidos similares a asnos, que sí campaban en otras localidades no demasiado lejanas, como en La Mancha albacetense en donde parece ser que sobrevivieron hasta el siglo XVI.

Seguramente la Meseta de Requena-Utiel, poblada de bosque mediterráneo, fue un lugar ideal para que vivieran aves hoy ya desaparecidas: buitres negros, quebrantahuesos y alimoches, que debían aprovechar las carcasas de animales salvajes muertos por los lobos, o de los animales domésticos que fallecían por causas naturales como mulas, ovejas o cabras, por ejemplo. Pero también rapaces predadoras como el águila imperial o los milanos negros y reales. Aquellos animales ligados a los medios de vida agrosilvopastoril como los anfibios, por ejemplo, también se verían favorecidos por la cantidad de albercas y navajos ganaderos que habría en las dehesas. Y así, tantos y tantos ejemplos de criaturas más que hoy están ya con poblaciones muy disminuidas o totalmente desaparecidas de nuestra demarcación.

Sin embargo las cosas empezaron a cambiar ya seriamente a partir de finales del siglo XVII y sobre todo a lo largo del XVIII. En aquellos tiempos se certificó un fuerte episodio de colonización del medio rural como nunca antes se había dado. Malos tiempos para la naturaleza comarcal.

Cultivos cerealistas en Camporrobles. Aún quedan carrascas dispersas en la llanura

Consultando la obra del gran geógrafo requenense Juan Piqueras, una verdadera institución en la materia no sólo a nivel comarcal sino también nacional, he podido averiguar el alcance de ese fenómeno. Así en ese período de tiempo la agricultura cerealista fue tomando auge quitando protagonismo a la ganadería extensiva. De hecho se sabe que nada menos que 600 kilómetros cuadrados del término municipal de Requena fueron privatizados a partir de los montes y dehesas que disponía el concejo en régimen comunal. En 1812, definitivamente, Requena ya se había quedado sin monte público. Muchos de sus terrenos fueron vendidos y otros sencillamente vilmente usurpados y expoliados para posteriormente roturarlos o quemarlos y ponerlos en cultivo.

 La población rural creció por entonces exponencialmente atraída por una nueva suerte de oportunidades. En las trece décadas que separan 1700 de 1831 se multiplicaron por 10 los habitantes de la Requena extraurbana, de poco más de 300 a 3.000. Se fue forjando un poblamiento disperso en base a centenares de casas de labor que salpicaron la geografía requenense y muchas de ellas, además, acabaron dando lugar  a las pedanías que caracterizan hoy su paisaje rural.

Aldeas y labores cerealistas que fueron extendiéndose por el municipio en detrimento de los antiguos bosques que fueron despareciendo paulatinamente, especialmente a lo largo del siglo XVIII. Una catástrofe medioambiental sin parangón en la historia de nuestra tierra.

Durante el siglo XVIII prácticamente la mitad de la superficie dedicada al cereal se destinaba al centeno. En menor medida se cultivaban otras variedades como el trigo rubión, la avena y la cebada; e incluso, ya en mucho menor grado, garbanzos, guijas, cáñamo y lino. Nos podemos hacer una idea, pues, de cuál sería el nuevo paisaje emergente.

Pareja de ortegas. Foto de José Ventura

Además cabe decir que las técnicas de cultivo también eran muy diferentes a las actuales con la consiguiente trascendencia también en el paisaje final. Era una época en que se utilizaba como fertilizante el estiércol animal, y sólo en algunos campos. Ahora, por el contrario,  se ha generalizado el uso de productos químicos en todas y cada una de las parcelas, con lo que se garantiza el suplemento de sales minerales de cada cosecha. Eso significaba que no siempre se sembraban los campos todos los años; ni muchísimo menos, por lo que había gran cantidad de terrenos incultos y en barbecho que diversificaba notablemente el medio agrario.  De hecho había hasta tres maneras de producir cereal en función del tiempo en que se dejaba que la tierra pudiera reponerse de sus nutrientes (barbecho, descanso y artiga), lo que haría que hubiese gran cantidad de parcelas incultas durante varias temporadas y que atraerían a otro tipo de animales hasta ahora poco frecuentes en el territorio. Aves desconocidas por el paisanaje se desparramarían entonces por la llanura cerealista: avutardas, sisones, gangas, ortegas, calandrias entre otras especies venidas desde otros lugares. Animales que, a día de hoy, también han desaparecido de nuestra demarcación.

Pero la colonización del campo aún continuó durante el siglo XIX y también el XX. Y es entonces a cargo de la viticultura, especialmente a partir del último tercio del siglo XIX, beneficiada por la coyuntura internacional que atravesaba este tipo de cultivo. Las parcelas cerealistas fueron sustituyéndose por viñas, y ello generó todavía mayor necesidad de mano de obra por lo que el campo requenense se fue llenando también de personas (10.000 al inicio del siglo XX y llegándose al tope de los 12.000 a mediados; sin contar, lógicamente, el casco urbano de Requena). Nuevas roturaciones, incluso de vaguadas escondidas de montes y de empinadas laderas que había que abancalar. Ya valía cualquier sitio susceptible de ser labrado a disposición de una agricultura prácticamente de subsistencia. Nuevo bocado a la naturaleza.

La aparición de un nuevo paisaje que ha llegado a la actualidad, pero ahora todavía con tintes más duros para la biodiversidad: regadíos intensivos; alambradas y emparrados; herbicidas y pérdidas de setos vivos. Una agricultura industrial y poco respetuosa con el medio natural. Reserva de la Biosfera; desde luego que me llama la atención ese nuevo cuño, también para miles y miles de hectáreas de viticultura poco sostenible con el medio natural. Es lo que en la cartografía de la nueva figura de protección aparece como Zona de Transición. No es una paradoja; lo tomo como una esperanza. Una nueva oportunidad.

¿Qué queda de aquel esplendor natural primigenio? De aquellos montes y dehesas que se extendían sin interrupción por la llanura requenense. Bosques que unían el Magro con el Cabriel. ¿Qué queda de aquel paraíso terrenal? ¿Nada?

Algo queda. Y hay que darle el valor que merece, aunque casi nadie haya reparado en ello. Quedan las ramblas. Cauces en su mayoría secos que discurren de norte a sur y que acaban confluyendo en el complejo hidrográfico de la Albosa-Caballero y por tanto en el Valle del Cabriel. Ramblas, arterias de la tierra. Arterias de vida. Testigos del pasado.

Rambla de la Hoya Valero, un oasis de vida en medio de la llanura vitivinícola

Profundos vasos sanguíneos que desgarran el sedimento cenozoico de una meseta hoy agrícola pero que en su día llegó a ser un magnífico bosque. Surcos que el paso del tiempo los ha encajados entre taludes y terreros. Lechos que mantienen la humedad y posibilitan la existencia de una vegetación natural. Tajos que favorecen la presencia de muchos animales que aprovechan su litología fácilmente horadable para refugiarse e incluso ubicar allí sus madrigueras o nidos.

Me encantan las ramblas de Requena. Disfruto cuando las recorro buscando huellas de mamíferos carnívoros en sus limos; descubriendo colonias de cría de sus aves más características; encontrando retazos de su flora original; valorando la resistencia de sus habitantes al paso de los tiempos; y cerrando los ojos y sintiendo su entorno de épocas pasadas.

¿Y qué ramblas son esas? Pues principalmente dos: La Alcantarilla y Los Morenos. Pero en realidad se trata de dos complejos sistemas hidrológicos que a su vez están constituidos por otros cauces que van confluyendo sucesivamente. El primero de ellos, que dará lugar a la rambla de la Alcantarilla, tiene varios lugares de inicio. Por un lado las ramblas de Los Ruices y Los Calabachos, en las proximidades de la pedanía de Los Ruices, y a cada cuál más bonita. La primera parte del entorno de las partidas de Pino Ramudo, donde toma el nombre de Aguas Amargas y posteriormente el de La Cornudilla. Pero es a partir de la aldea donde ya se le conoce con de Los Ruices. Un poco más adelante confluye con la de Los Calabachos, en el entorno de las ruinas de la Casa de la Rambla. El paraje de los Calabachos es ciertamente interesante al haber todavía allí un magnífico y extenso pinar de pino carrasco que sirve de refugio a una fauna forestal ciertamente alejada de sierras mayores como las de la Bicuerca y del Negrete al norte, o las Derrubiadas del Cabriel al sur.

Rambla de la Alcantarilla

Una vez han confluido las ramblas de Los Ruices y de Los Calabachos el cauce ya toma el nombre de La Alcantarilla. Atraviesa una zona de yesares muy pintorescos, con estratos horizontales y finos que se superponen formando un vistoso corte estratigráfico. Por su margen derecha aboca otra rambla de fisonomía también muy bonita, la de las Zorras, que nace en las inmediaciones de Los Marcos y pasa muy cerca de Las Casas de Cuadra, en medio de un feraz llano agrícola. Presenta unos marcados taludes terrosos producto de la erosión aluvial de las aguas en épocas de lluvia torrencial y que la hacen destacar en medio de la planicie.

La Alcantarilla discurre, con su escaso caudal, por el entorno de los caseríos de Lázaro y de Cisternas y, ya al sur de las aldeas de Las Casas de Eufemia y de Los Duques, se va internando en el monte camino de la Albosa donde desaguará tras encajarse entre montes cerca del cerro Castellar. Pero antes de ello recibirá los aportes de otra rambla, en este caso que viene de su vertiente izquierda: la de Los Duques. Precisamente allí donde se encuentran se origina uno de los paisajes más bonitos de todo este sistema hidrográfico. Terraplenes de más de 10 metros de altura y una vegetación ribereña presidida por tarajes, sauces y carrizos llenan de interés naturalista este rincón de la geografía requenense.

La rambla de Los Duques recibe ese nombre cuando llega a la altura de esa población. Hasta entonces se le conoce como Esteruela y nace en plena sierra de la Ceja, al norte de Las Casas de Eufemia; concretamente entre los parajes de Cañada Honda y El Violante, conformando un precioso mosaico agroforestal de notable valor para la vida silvestre.

La otra rambla principal que discurre por la planicie central requenense es la de Los Morenos. Drena una superficie de terreno muy amplia, principalmente constituida por la cubeta cuaternaria de Campo Arcís. Los Morenos recibe los aportes hídricos de distintos cauces y barrancos especialmente en época de lluvias. La mayoría de ellos vienen también de la sierra de la Ceja y concretamente de las proximidades del cerro de La Peladilla, que con sus 751 metros de altura sobre el nivel del mar supone la mayor altura en su sector más oriental.

En concreto cabe destacar las ramblas de la Beata y de la Hoya Valero que vienen desde esa zona, pero también la del Balsón que nace a poca distancia ya del propio casco urbano de Campo Arcís y que tras bordear la Casa de la Sima llega al cauce principal. Por cierto, y a propósito de ese caserío, merece la pena destacar la presencia allí mismo de una serie de simas originadas por un caso curioso de geología kárstica en sustrato yesífero relacionado con los fondos salinos de una antigua laguna de época cenozoica. Una referencia natural más a tener en cuenta.

La rara orquídea lagarto, una joya florística refugiada en una rambla requenense

Ramblas y más ramblas. Todavía se pueden citar más, especialmente aquellos numerosos barranquillos que discurren por casi cualquier rincón de la planicie y que acaban confluyendo en las ya citadas ramblas.

En todas ellas se refugian plantas y animales que de otra manera no podrían habitar una llanura extremadamente alterada por el ser humano en estos últimos tres siglos. Juncales, carrizales, tarajes, sauces y algunos chopos y olmos que diversifican el ambiente demasiado homogéneo de un viñedo infinito. Y a poca distancia, y algo más separado del lecho de aguas intermitentes, crecen arboledas y matorrales que en determinados tramos llegan a formar unas valiosas manchas forestales. Pinos, a veces enormes por captar muy bien los aportes hídricos de la capa freática, carrascas, coscojas, enebros, sabinas, aladiernos, majuelos y espinos negros, entre otras plantas medran en estos valiosos corredores fluviales.

Y entre los animales la lista es ciertamente extensa; parece mentira que todos estos seres lleguen a vivir aquí, como verdaderos fósiles vivientes de tiempos mejores. Entre los reptiles se pueden citar todas las especies de lagartijas comarcales: la colilarga y la ibérica, pero también las más exigentes en cuanto al tipo de hábitats como son la cenicienta y la colirroja. Otros herpetos de mayor tamaño se refugian aquí al abrigo de los matorrales: lagartos ocelados; culebras de escalera, bastardas y de herradura. Pero también aquellos íntimamente ligados al medio acuático como los galápagos leprosos, culebras viperinas y de collar que sobreviven en aquellos tollos que aún quedan con agua.

Precisamente la existencia de algunos caudales hídricos, desgraciadamente muy mermados por la apertura de pozos indiscriminados para riego del viñedo, permiten también que en aquellos charcos de aguas más permanentes puedan subsistir algunos anfibios que se resisten a desaparecer del llano requenense: sapos corredores, comunes y parteros;  sapillos moteados; y ranas comunes. Tan frecuentes que debían ser en otras épocas, hoy pasan ya como verdaderas rarezas locales.

Los mamíferos constituyen uno de los grupos mejor representados aquí. Desde luego que aportan un valor natural extraordinario a una planicie vitícola muy afectada por la intensificación de la agricultura. Se podría decir que en las ramblas requenenses se dan cita la práctica totalidad de mamíferos comarcales si exceptuamos a algunos tipos de murciélagos de distribución más restringida. Entre todos ellos cabe destacar las buenas poblaciones de conejos que utilizan los ribazos y baldíos para establecer sus colonias de cría. La facilidad que tienen para excavar el sustrato arcilloso predominante les hace ser muy numerosos en estos retazos de monte. Y con ellos se establece también una completa comunidad de mamíferos carnívoros que dan buena cuenta de ellos y alivian los inconvenientes causados en las parcelas agrícolas más cercanas.

El zorro, un excelente aliado del agricultor, busca las ramblas para criar

Zorros, tejones, ginetas y comadrejas se posicionan como los mejores aliados del agricultor para el control poblacional de los lagomorfos. Pero incluso en los sectores más próximos al monte, especialmente en las cercanías ya de la Albosa, aparecen también garduñas y gatos monteses que incrementan su acción sobre unos conejos que, en alto número, llegan a producir serios daños en la agricultura local. Los taludes de tierra se convierten en lugares perfectos para que estos animales establezcan sus madrigueras, especialmente para el caso de tejones y zorros por sus intrínsecas habilidades de animales zapadores.

Hay, además, una pequeña criatura prácticamente desconocida para la mayoría de paisanos y que encuentra en las ramblas un hábitat ideal para establecerse. Especialmente en aquellos tramos de mayor humedad con presencia de juncales o herbazales frescos. Se trata del topillo de Cabrera una de los animales más valiosos de la fauna ibérica por su condición de endemismo y por su acusada escasez a nivel nacional, aspecto principalmente motivado por lo específico y fragmentado del hábitat que ocupa. Una razón más, pues, para valorar estos medios tan exclusivos.

Pero quizás son las aves el grupo de vertebrados más conspícuos para el eventual excursionista que se adentra en las ramblas. Un magnífico abanico de formas y colores que se reparten todos los microhábitats que se encuentra a su paso. El soto fluvial, al menos en los sectores por donde aún discurre el agua o que al menos la cercanía del nivel freático permita la presencia de arboledas caducifolias o de espesos zarzales, da pie a una rica presencia de aves de muchas familias taxonómicas: currucas, zarceros, ruiseñores, oropéndolas, carpinteros, etc.

Por otra parte, las aves forestales encuentran aquí una continuidad lineal a partir de bosques más amplios. Por destacar algunas de sus especies merece la pena nombrar aquellas más grandes y espectaculares: las rapaces. Cárabos, búhos chicos, ratoneros y culebreras buscan los mejores tramos con los árboles mejor desarrollados en altura y copas para ubicar en ellos sus nidos. Además, y tal cómo se ha comentado para el caso del caso de los mamíferos carnívoros, estos animales, y en especial para el caso de los ratoneros juegan un papel muy destacado en el control de roedores en el entorno de las aldeas o de conejos en los monocultivos de vid.

El mochuelo busca los terrerazos para criar. José Ventura

Pero probablemente sean las aves ligadas a los propios ribazos las que más importancia dan a estos parajes. Muchas especies ocupan en época de cría los agujeros que aparecen en los taludes para ubicar allí sus nidos. Rapaces nocturnas como mochuelos son habituales en estos ambientes; pero incluso aves tan grandes como los búhos reales llegan a criar allí, también atraídos por la abundancia de conejos. Se sabe que alguna pareja de lechuza, tan rara ya en la comarca, cría al amparo de las oquedades de los terrerazos. Qué pocas lechuzas nos quedan ya y qué importantes son estas ramblas para ellas.

Cernícalos vulgares, abubillas, colirrojos tizones, gorriones chillones se distribuyen en los taludes. Pero son los polícromos abejarucos los más llamativos por su extraordinario plumaje. Los ribazos de tierra que aparecen por estos llanos requenenses les ofrecen a estos bonitos animales la posibilidad de excavarlos y ubicar allí sus nidos, casi siempre en forma de pequeñas colonias de cría. Los abejarucos, un lujo para nuestros ojos y una delicia para el paisaje. Qué bonitos son.

De todas las aves, e incluso se podría decir que de todos los animales que ocupan las ramblas, hay dos que especialmente cobran interés en ellas. Son las grajillas y las palomas zuritas, pues no en balde el grueso de su población comarcal se encuentra confinado en ellas. Incluso no es exagerado afirmar que una buena parte de sus efectivos provinciales también. Ambas especies están pasando por un bache demográfico a nivel valenciano que está relacionado con la pérdida de calidad de sus hábitats, especialmente aquellos mosaicos agroforestales donde todavía hay buena cantidad de lugares adecuados para nidificar.

La grajilla, una de las aves más características de las ramblas. Iván Moya

Zuritas y grajillas, dos bellas aves que buscan criar en agujeros de las paredes y se procuran el alimento en herbazales, baldíos y barbechos de los alrededores. Desgraciadamente, la excesiva homogenización del paisaje agrario en pos de una mayor productividad, afecta seriamente la disponibilidad de recursos tróficos para estas dos joyas de nuestra fauna comarcal por lo que su futuro se plantea seriamente incierto.

Ramblas, testigos del pasado. Todavía poseedoras de un valor natural más propios de otros tiempos.

Encinares, dehesas, cultivos cerealistas, viñedos y viticultura intensiva. ¿Qué vendrá después? La naturaleza de estas tierras pide a gritos una reflexión profunda tras tres siglos de continua degradación. Quizás ahora sea el momento de parar, coger impulso y marcar un nuevo destino más amable y sostenible con un entorno que lucha por no desaparecer por completo.

Excesiva homogenización del paisaje agrario requenense

Reserva de la Biosfera del Valle del Cabriel. Una magnífica oportunidad. También aquí, en la meseta agraria requenense. No podía haber una mejor etiqueta que esa. Y llega ahora en un momento ciertamente delicado en el que el paisaje está convirtiéndose en una suerte de industria. Aséptica industria; carente de vida.

Ser humano y naturaleza de la mano camino hacia la sostenibilidad futura y duradera en el tiempo. Ese es el objetivo fundamental de esta figura de protección que, con el sello de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura, llega a nuestra querida pero también maltratada comarca desde hace ya mucho. Hay mucho por trabajar en busca de la mejor solución posible. La agricultura ecológica, el respeto a la biodiversidad, el uso razonable de los acuíferos y, en definitiva, el amor y el respeto hacia el medio ambiente marcan el camino a seguir.

Termina aquí una serie de capítulos dedicados al Valle del Cabriel. Río de aguas cristalinas y de paisajes de ensueño; pero también de campos de cultivo, de ramblas, de aldeas y caseríos, y por supuesto de personas. Personas que como sus antepasados sueñan con lo mejor para ellos y sus familias aquí; pero si es en el marco de una relación amigable con la tierra, mucho mejor.

JAVIER ARMERO IRANZO

Agradezco a José Ventura y a Iván Moya su generosa aportación fotográfica que enriquece notablemente el texto.

 

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