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LA HISTORIA EN PÍLDORAS // Ignacio Latorre Zacarés

Con esto del confinamiento, que hemos atenuado en la comarca con la fase 1 (aplauso a nuestra Área de Salud), los letraheridos se han puesto a escribir aquello que tenían pendiente, porque no a todo el mundo le ha dado por hornear pan en casa. Un sabio amigo, al que se le ha rogado que plasmara por escrito lo mucho que sabía de la memoria oral y visual de su localidad, se ha puesto a hacerlo y me está enviando los textos para que les echara un ojo y gozara con ellos. Y leo y gozo y a veces me sorprende, a pesar de que me había contado ya muchas historias de esa arca que pronto va a abrir para general conocimiento, a modo de voz pública de pregonero.

La sorpresa me asalta cuando me entero que al letraherido, que es cronista y por ende oficial, le habían sugerido realizar un estudio conjunto con pueblos de la comarca cuyo gentilicio acaban en el sufijo “-eño” para modificarlo, pues no les sonaba “mu fino”. Les parecía tosco, vaya. Si ustedes cogen un mapa de esta comarca sin nombre y colocan una regla en diagonal, verán que casi todos los municipios que quedan a la izquierda (al oeste) su gentilicio acaba en “-eño”, frente a los de la derecha (el este) que acaban con otros sufijos, sobre todo el de “-eros”. ¿Influencia de la Serranía Conquense como los mireños (Mira), alcaleños (Alcalá de la Vega), algarreños (Algarra), pesquereños (La Pesquera), puebleños (Puebla del Salvador), campalveños (Campalvo), mijareños (Mijares), fuentiaqueños (Fuentiaca), peraleños (saludos D. Mariano a la Hoya del Peral)? ¿O a los de La Manchuela como los villarteños (Villarta), herrumblareños (El Herrumblar), villapardeños (Villalpardo), jareños (Villanueva de la Jara)? Mi amigo, con razón, suponía que si a los de la Venta nos cambiaran el “venturreño” por uno más finolis íbamos a montar en cólera. No montaríamos en cólera, que eso es cosa de otros tiempos, pero pegarle tres tiros al de la propuesta sí que hubiera sido factible.

Por gentilicio se entiende el adjetivo que denota relación con un lugar geográfico, con su origen y no con su residencia. Es decir, si usted nace en Aliaguilla y a los dos años lo llevan a vivir a Los Isidros, sesenta años después seguirá siendo aliaguillero y no isidreño; aunque se haya casado en Los Isidros, haya tenido seis hijos isidreños y labre medio Ganahaciendas. Y es que para los romanos, la “gens” era el linaje, la cepa madre, la estirpe. Hay quien contempla que el gentilicio asuma no sólo el origen, sino la cultura, la lengua, las costumbres, el carácter, la forma de ser de la zona. Así, un “venturreño” sería aquel que se emociona con la Hoguera de la Virgen de Loreto, canta los mayos, almuerza desaforadamente y prefiere describir una cosa como “pequeñeta” y no como “pequeñita”.

El gentilicio se construye normalmente con el topónimo de la localidad más una variedad de sufijos, los más habituales el “-ense”, “-eño”, “-ano”, “-ino”; pero hay muchos otros como “-tarra”, “-ario”, “-ero”, “-í”, “-ón”, “-uz”, etc. Algunas veces, como topónimo se utiliza el nombre antiguo de la localidad como los mirobrigenses de Ciudad Rodrigo (mis respetos señor Montejo), los bilbilitanos de Calatayud (¿a ver si no cómo formas el gentilicio?), onubenses, oscenses, pucelanos (Valladolid), hispalenses (que se han quedado sin su Feria de Abril), optenses de Huete (Opta), complutenses de Alcalá de Henares, ilicitanos, calagurritanos (Calahorra)… Acudir al nombre antiguo de la localidad es a veces un buen recurso, porque así a los cordobeses de Cabra se le llama egabrenses y no lo que se podía esperar del topónimo.

Difícil lo tienen pueblos como el de los escasos habitantes de Guasa en Huesca que lo dado es que les llamáramos “guasones”, pero han preferido guasinos. Al igual que los de Yunquera de Henares trasquilados; los de Arroyo de la Miel en Málaga chichilindris (sepa usted por qué); los gallegos de Cariño han preferido cariñés al “cari” de los febriles amantes; los navarros de Adiós se lo han arreglado como adiostarras; los toledanos de Cebolla optan mejor por cebollano que “cebollero” y los sorianos de Recuerda mejor que “memoriosos” prefieren el de recuerdinos. Los que no tienen arreglo son los jienenses de Guarromán que, ya puestos, se adjudican guarromanenses o guarromaneros.

Pero volvamos a la comarca, que afuera hace frío. La dispersión poblacional típica de estas tierras genera muchos gentilicios. Si vemos la parte occidental, casi todos acaban en “-eño”, desde los isidreños y cojeños pasando a los camporruteños, sinarqueños y entre medias los villargordeños, fuenterrobleños, corraleños (Los Corrales) o caseños (Las Casas de Utiel). Casi todos los topónimos del término municipal de Venta del Moro también entran en la parte occidental con sus “-eños”: venturreños, jaragueños (la cooperativa es “jaragüense”), casapreños (Casas de Pradas), casarreños (Casas del Rey), monjeños (Las Monjas)… A los de Los Marcos les han fastidiado porque podían ser “marqueses” y se quedan en marqueños, aunque, como no se conforman, a su cooperativa vitivinícola le han adjudicado el nombre de “La Marquesa”. La excepción es Casas de Moya que optan por casamoyeros porque “casamoyeños” como que no se puede pronunciar.

Los de La Torre de Utiel poseían al menos hasta el siglo XVI el bello topónimo de La Torre de Pascual Ariza o Hariza, de ahí que podían haber sido “arizeños”, retrotrayéndose a sus ancestros, pero se han quedando en torreños .

En 1916, Caudete incorporó a su topónimo el “de las Fuentes” para diferenciarlo de otros caudetes españoles. Como “Caudete” etimológicamente procede de “caput aquae”, es decir, cabeza de agua, han puesto “albarda sobre albarda”, como decía Luis García Ejarque, redundando con eso de las fuentes. Todo agua y eso que acaban de pasar tiempos de gran escasez de líquido. Al final, el gentilicio ha quedado en caudeteño que es lo que toca y se diferencian de los caudetanos del Caudete de Albacete.

Los de Venta del Moro podíamos ser “venteños”, pero nos pusieron el de venturreños que no será de glamur para según quién, pero que a nosotros nos encanta y enorgullece, aunque hubo alguna creación como la de ventamorinos. En algún repertorio de topónimos raros y/o feos de España suele aparecer el nombre de Venta del Moro, pero hasta que no vendamos al musulmán así nos denominaremos. Se cuenta, se dice, que en su tiempo alguna mente febril y creativa nos quiso poner como topónimo “La Gran Florida”, como si estuviéramos en el Brasil, pero aquello no cuajó o no existió, a Dios gracias.

Los de Las Cuevas como son así de natural, se excluyen de la regla general y su gentilicio no es “cueveño”, sino el de cuevatos (y orgullosos, oyes).

En medio de esta divisoria gentilicia queda Utiel que se quedan con el de “utielano” porque cae muy bien y mejor que “utielense”, “utielino”, “utielarra”, “utielico” o “utielón”.

Pero si van a la otra división de la comarca, a la oriental, aquí el sufijo “-eño” se desvanece como por ensalmo. Aparece en los azagadoreños de El Azagador. Empieza el reino del sufijo “-eros”: esteneros (Estenas), sanantoneros (San Antón), eufemieros (Casas de Eufemia), calderoneros (El Calderón), soteros (Casas de Sotos), peneneros (Penén de Albosa), hortuneros, pedroneros, juanvicheros (Fuen Vich), pontoneros (El Pontón), romeros (Roma), portereros (La Portera), rebollareros (El Rebollar), sanjuaneros, incluso los serranos de Villar de Olmos que se quedan en villardeolmeros.

Los de Turquía, esa aldea vegana fagocitada por la de San Antón, podían ser “turcos”, pero al final se quedan con el de turquianos (saludos al papá ácrata).

Los de Campo Arcís, como son de un fino de punto filipino, no han querido ser ni “campeños”, ni “campenses”, ni “campinos” y se adjudican el campusino (y tranquilos que se quedan). Son tan finos que ahora el geógrafo Piqueras le llama amapolas a los ababoles que han salido esta feraz primavera.

Y tenemos a los cabrielinos que somos los que habitamos ese bellísimo Valle del Cabriel, reserva de la Biosfera contra el coronavirus. Pero miren ustedes qué curiosidad, que los que vivían a las orillas del propio Cabriel en aldeas como La Fonseca, Los Cárceles, El Retorno, Casas de Cárcel, Hoyo Villarta; si moraban en las riberas de Venta del Moro les decíamos riacheros, pero si era en Requena se les adjudicaba el de rianos como los de Casas del Río.

A los de Villatoya les acortan el gentilicio y les dicen aquello de:

Si eres de Villatoya

eres toyera;

si eres de Villatoya

no serás buena.” (ea).

Los gentilicios acabados en “-ense” están poco diseminados, pero aún tenemos a los barrioarroyenses (Barrio Arroyo) y, cómo no, a los requenenses. Aunque Requena disfruta de más gentilicios como el de uso más popular de requeneros. Hasta el siglo XIX parece que también tuvo fortuna el de requenario, muy utilizado por el afamado hidrólogo Joaquín Fernández y por el bandolero Juan Soto “El Requenario”, ahorcado públicamente en 1787 en la plaza del Mercado de Valencia. Y aún más antiguo el de requení como el ceutí o barceloní y con el que también se denominó a la uva Bobal. De hecho, es bastante habitual el apellido “Requeni” que en realidad debería ser “Requení” (don Fermín dixit).

En los lindantes con la comarca también tenemos “-enses” como los iniestenses, villamalenses (Villamalea), talayuelenses y villorenses de Víllora.

A los de Los Duques les aminoran su alta alcurnia y les adjudican duquesos, con lo bien que hubieran quedado con el topónimo a secas.

Y aún tenemos los barrios de Requena. A los de la Villa de Requena les perdonan el de “villanos” y les dicen villeros, a los de Las Peñas peñeros y a los del Arrabal los tratan como tangueros bonaerenses y les dicen arrabaleros.

Por si fuera poco con los gentilicios, nos quedan los seudogentilicios que son como los apodos de los pueblos. Por supuesto, los más conocidos y utilizados son los de cabezones y vinagres, para los utielanos y requenenses y que el historiador medio cabezón y medio vinagre José Luis Hortelano halló su razón de ser en los diferentes métodos de elaboración del vino en Requena donde se avinagraba (muchos documentos dan fe de ello) y en Utiel donde según sus competidores se encabezonaba o añadían productos para su conservación que provocaban mareos.

Pero hay más apodos. A los de Venta del Moro nos decían cereceros. Uno de Fuenterrobles decía que a un venturreño en Nueva York se le sacaba por la “pinta”. ¿Cómo?, pues por el cuello largo que se nos quedaba de estirarnos para coger las cerezas.

A su vez, los de la Venta tildamos a Camporrobles de la Siberia (¡cuánto frío he pasado en las noches camporruteñas!), que en Fuenterrobles concretan como los de la Siberia Occidental (así se lo pusieron en el libro de las Fallas de 1944 según Arroyo “el Pecuario”), aunque también les decían levos, Dios sepa el por qué.

Entre las aldeas utielanas hay gana de ganeta y a los de Las Casas les tildan de gatos rojos, a los de Los Corrales de gavilleros y, sorpréndanse, a los de Las Cuevas de güízaros y si son muy salvajes güizaracos según el “Diccionario Cuevato”. Güízaro para el académico Diccionario del Bienhablao de La Manchuela, se define como una persona rara, introvertida y que se pasa todo el día metido en casa: “El Damián de la Paquita es un güizaro, dirás que has salido a saludar”. Pero en la comarca parece que “güízaro” se dice del que es un poco cerril, asalvajado.

Alguna aldea comarcana la nombran Puerto Hurraco, pero no seré yo quien diga cuál.

  1. Javier Cuéllar, que nos ha amenizado la inclaustración con “píldoras” folclóricas de La Manchuela, nos cuenta como los de Villalpardo adjetivaban de veleros a los de Iniesta porque acudían con sus faroles, velas y candiles en sus carros a las fiestas del Santuario de la Consolación. También a los de Iniesta etiquetaban de espinaqueros por las sabrosas espinacas cultivadas en agua salobre que vendían. A su vez, como eso de El Herrumblar es difícil de pronunciar, le decimos El Relumbrar y de ahí el seudogentilicio de relumbrareños.

¿Y cuál es el gentilicio de la comarca? ¿“planos”, “meseteños”, “magros”, “cabrielinos”, “bobaleños”?

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