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La Historia En Píldoras //Ignacio Latorre Zacarés

«Todas estas borrascas que nos suceden son señales de que presto ha de serenar el tiempo y han de sucedernos bien las cosas; porque no es posible que el mal ni el bien sean durables, y de aquí se sigue que, habiendo durado mucho el mal, el bien está ya cerca«.

La cita es, cómo no, del ingenioso hidalgo, fuente inagotable de sabiduría popular para todo lo que acontece. El refranero está lleno de consejas que vienen al pelo para darle un enfoque optimista a la situación: “No hay mal que cien años dure” (Cantinflas le añadió “ni cuerpo que lo resista”) o el taciturno “No hay bien que dure, ni mal que no acabe”.

El bichito lo ha trastocado todo absolutamente. Ha dado la vuelta a la sociedad del bienestar y ha transformado un mundo que se creía omnipotente en un océano de vulnerabilidad. La sociedad líquida de Bauman desparramada.

Pero, la Historia nos recuerda que en contextos malos y duros surgen los héroes, las actitudes épicas, lo bueno de una sociedad que aún posee mucho de solidaria y generosa. Gentes que se ponen manos a la obra, más allá de lo que les dicta la nómina, para, en condiciones no bonancibles y casi temerarias, frenar el mal que consume a la comunidad. La sociedad se da cuenta y sale a los balcones para aplaudir a todos los que se enfrentan a la bicha desde los hospitales, consultorios médicos y residencias de ancianos; así como los que mantienen su quehacer diario para surtir a la población de lo imprescindible (alimentación, material sanitario…) en momentos complicados.

No por nada el sentido primigenio y etimológico de epidemia es la “visita del médico” que se hacía a un paciente o a un pueblo.

Requena, como ya les comenté, sufrió enteritas las seis epidemias de cólera del siglo XIX de una manera brutal, pero nada más cesaban, lo primero que hacía el Ayuntamiento era agradecer a aquellas gentes que se habían batido como un Cid con su tizona contra el mal. Y muchos de estos campeadores eran sanitarios o concretamente médicos, ya que en aquellos momentos éstos no iban acompañados de enfermeras, ni auxiliares.

Vino el primer cólera de 1834 y lo primero que se llevó por delante fue al médico, José Mojares, y ahí quedó el otro galeno, Roque Suñer, al que los regidores locales le reconocieron: “su aplicación, desvelo y asistencia día y noche que ha prestado a todos los muchísimos enfermos de todas clases y sexos, y especialmente a los indigentes”. Roque Suñer inauguraba la nómina de médicos valerosos que no dieron un paso atrás ante el mal, como sí ocurrió en tiempos de peste.

Heroico fue el médico cirujano requenense Felipe Mislata quien en el cólera de 1854, por salvar a la sociedad requenense, viajó hasta Valencia, cuando la ciudad estaba cercenada por la epidemia, para investigar el mejor plan curativo junto con los profesores más acreditados de la capital. El mismo método fue puesto en práctica por Mislata en Requena y según las actas: “salvando a muchos de los invadidos que han estado bajo de su dirección”. Pero ahí no quedó la cosa. Vino el de 1855 y aún fue peor. De los primeros en enfermar fue el propio médico Mislata; en plena congoja fallecieron dos hermanas, un cuñado, un sobrino y enfermó una hermana y una cuñada. ¡Imaginemos, si podemos, el ánimo del facultativo! Mislata no se amilanó y siguió visitando enfermos hasta que cayó desfallecido en la calle tras visitar a dos pacientes. Pero se recuperó y volvió a visitar y también a caer desfallecido. La sociedad supo reconocer sus desvelos. A Mislata aún le tocó vivir y luchar como médico los cóleras de 1865 y 1885.

Además, todos estos médicos atendían gratis a los pobres y desvalidos que era gran parte de una sociedad pauperizada, manteniéndose con lo poco que daba el Ayuntamiento y las igualas de los pudientes.

Y es que, para la plantilla médica y la población, el cólera de 1855 fue de órdago, sin comparanza, gracias a quien sea, al momento actual. Fue llegar el mal y llevarse por delante a tres cirujanos. El médico Severiano Zanón sucumbió a los primeros días también, tras trabajar sin descanso día y noche, igual que le pasó a su esposa y dos hijas, dejando a la otra hija huérfana a los doce años. Lo mismo pasó al médico soltero Casildo Montés que falleció dejando a su padre impedido en esta sociedad. El Ayuntamiento le dedicó una lápida de mármol como recuerdo de su valerosa lucha contra la enfermedad en su nicho y ahí sigue en el cementerio de Requena. Severiano y Casildo habían sido, además, médicos del Hospital de Caridad o de La Loma.

Y fue reconocida, asimismo, la digna actitud del médico Higinio Díaz Cuartero por su actividad durante cuatro días en Campo Arcís donde hizo frente a los estragos del cólera hasta cortarlos.

Pero, si hasta aquí ha llegado algún improbable lector, déjenme que ejemplifique en el heroico médico Rafael Tortosa Revert la ejemplar actitud de nuestros sanitarios actuales que no dan un paso atrás, recomendándonos que no salgamos de casa, porque para salir ya están ellos. Ya desde el primer cólera, 1834, don Rafael había acudido a Requena como médico a la primera invitación, cuando la ciudad había perdido a su médico titular. Se quedó ya en la ciudad y le tocó luchar contra el de 1854 y el de 1855. Siempre dispuesto a dividirse los distritos con otros compañeros y atender a los pobres, que eran muchos. Y llegó el de 1855, y tal como les acabamos de comentar, enfermó o murió casi todo el personal sanitario. Se rescató a don Rafael Tortosa, ya anciano y que sufría una enfermedad crónica de orina que le procuraba grandes tormentos. Se quedó como único médico, visitando a cientos de pacientes, animando a todos y los concejales lo reconocieron como “verdadero héroe en esta batalla” y “que de su serenidad, actividad y fortaleza se conocen pocos hombres en circunstancias”. A don Rafael aún le tocó sufrir la epidemia de 1865 y, finalmente, falleció a sus trabajados 85 años en 1885, de cólera, claro.

Y vino el de 1865 y tenemos al médico Enrique Zanón que, a las primeras de cambio, solicitó visitar gratis los enfermos coléricos del Hospital de Caridad y a cuantas personas quisieran con sólo auxiliarle con un carruaje.

En el de 1885, los dos médicos municipales (José García Sisternas y Julián Ferrer García) no podían hacer frente a toda la asistencia facultativa que requerían los enfermos pobres de la ciudad y las trece aldeas que estaban invadidas, así se designó al médico Ramón Verdú Diana, Heliodoro Montés, Benito Vergara y Ponce y al cirujano de primera clase Gregorio Navarro como titulares de la población, aceptando éstos el cargo y renunciando a su sueldo dando una prueba más de “su abnegación y filantropía en las circunstancias aflictivas porque atraviesa esta ciudad y mucho más cuando de una manera espontánea renunciaron a que se le consigne cantidad alguna como sueldo”. ¡Bravo!

Dr. Ferrán, inventor de la vacuna contra el cólera.

Todos estos médicos son por ponerles un ejemplo. Se podría hablar de muchos más como Antonio Aragó, que a pesar de no ser el médico titular, se quedó para enfrentarse a la gripe de 1918 que atenazaba a las aldeas de Los Duques y Campo Arcís, calificándose de su labor de “extraordinaria y bien orientada”.

Y en esas estamos. Con nuestros sanitarios y cuidadores de residencias sacando oro del latón y recordándonos que los ángeles hoy van con bata y mascarilla. Y lo mismo para la red de mujeres (algún hombre también hay) que en la comarca confeccionan mascarillas a tutiplén; los que utilizan los ordenadores para construir respiradores; los agricultores que desinfectan las calles; los alcaldes municipales y pedáneos que siguen al frente para servir a una sociedad azotada y atemorizada. Y cuerpos de seguridad, tenderos, transportistas y mucha más gente que no ha dado un paso atrás, porque cuando vienen torcidas… también surge lo bueno de lo humano.

A todos ellos, gracias. Seguiremos desde nuestros balcones agradeciéndoles su actitud.

El longevo filósofo Emilio Lledó hoy mismo preconiza que de esta saldremos y venceremos, pero que lo debemos hacer reinventándonos para tener una sociedad mejorada. Nos advierte el sabio que el virus nos debe sacar de la caverna, de la oscuridad y las sombras y que pasada la crisis, debemos apostar por la sanidad pública, la inteligencia crítica y la educación. Cuídese don Emilio: a sus 92 años aún se le necesita.

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