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LA HISTORIA EN PÍLDORAS / Ignacio Latorre Zacarés

Se acerca el fin de semana y uno empieza a pensar que “píldora” toca escribir el sábado o domingo y, de pronto, mientras uno va catalogando expedientes en la casi tarde del viernes, salta la liebre o más bien el cerdo (o “chino”). ¿Se acuerdan Uds. –improbables lectores- de la píldora de la pasada Feria del Embutido en la cual en 1934 un cerdo llevó a maltraer a los munícipes requenenses y se inmiscuyó en una buena serie de actas del pleno? ¿Qué no se acuerdan? Pues aquí la tienen: http://requena.revistalocal.es/el-thriller-del-cerdo-que-se-colo-en-los-plenos-del-ayuntamiento/.

El suido en cuestión no sólo entretuvo a los concejales requenenses de la época, sino también al archivero de 2014 porque al final de su jornada le cae entre sus manos un expediente con el siguiente título: “1934. Expediente instruido con motivo de haber sido muerto un cerdo de los depositados en el matadero de Requena”. “¡Cáspita!” (entiéndanme que tal que así no lo dije) “¡Otra vez el famoso cerdo!”.

Les recuerdo de qué iba el asunto. En enero y febrero de 1934 nuestros atribulados concejales requenenses dedicaron parte de sus afanes a desentrañar el caso de la aparente muerte repentina de un cerdo en el matadero y el mandato del veterinario de enterrarlo sin funeral de por medio. Un concejal caviloso tenía sus sospechas de que el procedimiento no se había realizado con todas las cautelas pertinentes y el Pleno ordenó desenterrar el cerdo y aquí vino la sorpresa… ¡¡!!al cerdo le faltaban varias piezas de su apreciada anatomía¡¡¡¡¡. Las actas no siempre ponen lo que los concejales saben, pues suelen dar ciertas cosas por sobreentendido para los coetáneos, que no para los que las leemos ochenta años después. La historia y “píldora” acababa con el veterinario y el conserje del matadero sancionados, pero sin saber bien qué piezas del cerdo faltaban, cómo se había realizado la inspección y quién se había quedado parte del cerdo. Hacíamos una llamada al inspector Wallander o a Kostas Jaritos para desentrañar el misterio, pero no ha hecho falta atribular a los esforzados inspectores, puesto que el expediente recientemente caído entre las manos aclara algunas de las claves del asunto.

Sigamos: el 2 de enero de 1934 es cuando aparece el cerdo muerto en la puerta del corral del matadero. Uno de los matarifes lo advierte al conserje del matadero y ambos buscan y encuentran al propietario del cerdo que era de Cofrentes y a quien comunican el lastimoso óbito del porcino. Le inquieren qué hacer al veterinario y éste ordena que se entierre como es norma. Pero…un concejal, que algo sabría, plantea sus dudas en el pleno de que los trámites se hubieran realizado a reglamento y se acuerda desenterrar al cerdo. El expediente nos detalla con pelos y detalles la inspección ocular practicada por el veterinario y una comisión municipal del desenterramiento del cerdo tres días después del funeral chinesco. El sagaz veterinario, a modo de Pepe Carvalho, advierte ya al principio antes de proceder al desenterramiento que la tierra que cubría al cerdo parecía haber sido removida hacía poco tiempo y se diferenciaba del terreno lindante que estaba cubierto de la típica capa de hielo del enero requenense (¡algo huele a podrido en Dinamarca!). Escarban bien poco y a menos de un palmo surge el primer despojo del cerdo. Pero… ¡amigo!, estas primeras piezas aparecen con su piel convenientemente socarrada y afeitada, lo que podría ser una atípica costumbre funeraria, pero no parecía ser esa la finalidad de tamaño maquillaje. Desentierran el cerdo, o lo que quedaba de él, y comprueban que falta todo el aparato digestivo junto con los lomos, costillas, mantecas, cuarto trasero, patas, cuarto delantero, hígado “y como caso curioso” (así en el original) media careta. La carne aún estaba fresca. La sospecha ya es total: alguien ha comercializado o deglutido el cerdo y cuando se enteraron de que iban a desenterrarlo, rápidamente ha enterrado lo poco que quedaba de él.

¿Qué había pasado? Las declaraciones contradictorias y careos de los intervinientes arrojan algo de luz sobre el drama del cerdo. Cuando se juntan el cofrentino propietario del cerdo, el conserje y el matarife, el propietario del cerdo bajo su responsabilidad ordena al carnicero que proceda con el porcino y lo degüelle, afeite y trocee. Y así lo hace el matarife que para eso es su oficio. El propietario del cerdo le ofrece como pago del trabajo unos lomos del difunto, pero el conserje del matadero se opone tajantemente a tal transacción.

El propietario confirmó la declaración del matarife, pero añade que él ordenó que se matara, pero no que se troceara y que no se llevó ninguna pieza del cerdo, pues el conserje dijo que se debía enterrar, por lo que se fue a su casa. Entonces… ¿Quién se llevó la mitad del cerdo convenientemente apañado con sus lometes, costillas, jamones y careta? Y la madeja se enreda: un concejal presente en el desentierro dijo que la mujer del conserje dijo que cierta vecina dijo (3 “dijos” ya) que aquella noche o la anterior había oído gente cavando en el lugar. Mucho “dijo” parece y el que esto escribe piensa que blanco y en botella sólo puede ser leche.
Finalmente, se propuso sancionar al inspector veterinario por negligencia al no asegurarse de la absoluta destrucción del cerdo y la imposibilidad de su aprovechamiento clandestino y al conserje, que había sido ya suspendido con un mes de empleo y sueldo, prorrogarle otro mes la suspensión sólo de sueldo. Valgan ambas “píldoras” como ejemplo de que las políticas sanitarias en torno a los alimentos no nos las hemos inventado ahora y que, por ejemplo, ya tuvieron mucha importancia en las epidemias de cólera del siglo XIX.

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